jueves, 7 de noviembre de 2013

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(Recuperando textos del verano, me ha venido la nostalgia, y ay)


Hoy han hablado de velatorios de muertos. Primero "los parvulicos", aquellos niños de los pueblos, que de seguro iban al cielo, no dejando a los vivos otro duelo que beber porque los pequeños ya habían alcanzado el premio tras la (quizás) larga existencia que a ellos les quedaba.
Luis habló del olor de los cuerpos en verano, en esas veinticuatro horas de esperanza nula o terror. Y yo pensaba que de mi no quede nada. Luís habló de una lista de deudas o favores: los vecinos colaboraban en las misas ajenas y se apuntaban, para que cuando ellos murieran, no quedaran solos. Y es que en las iglesias hace un frío de cojones, que eso no lo calienta ni la promesa de redención.
Nada, Nada.
¿Cuándo empezó a verse feo dejar a los suicidas fuera de campo santo y a los ángeles sin bautizo?
Ni una pizca.
Papá habló de cuando le tocó al abuelo (que debía ser mi "abuelito", aunque él no pudiera recordarlo) y mamá apunta "fue tan largo, más que una muerte anunciada". (Mira, Gabriel) En el tanatorio Beniro recordó anécdotas y los hermanos rieron, y la madre (mi abuelita) decía "ay, mis chicos, ay" y ocultaba una risa que no podía entender.
Que no me coman los gusanos.
Hay un bar frente al tanatorio que se llama El alivio.
Que no me envenene el aire enrarecido.
Y cómo tenían que acabar algunos en los velatorios viejos, después de sufrir la noche.
Que me hagan arder, que no quede nada. Por favor, no dejen que me llueva encima cuando ya no pueda disfrutarlo.