viernes, 11 de enero de 2013

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Isabel.



      Cuántas veces hay que escribir una muerte para poder creer en ella. Dime cuántas para sacarse el frío, cuántas para asumir la ausencia. Qué proporción de ausencia, tinta, rabia, para que se vaya la pena. Porque yo hoy sigo viva.
      No puedo dejar de pensar en el corazón atrapado entre costillas, que son jaula. En el dolor de tus caderas, ya estériles. En que tus dedos no sangran más al cortarse con las esquinas de esos poemarios que memorizabas. En el viaje a Japón. En que perdimos el contacto. En que para mí sin duda fue mejor. En que la única imagen que lograste fijar fue la de un fuego y una sonrisa pintada.


Manda huevos que a veces nos cueste menos creer en el coco que en que la gente se muera de anorexia.








Jun Kumaori





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