domingo, 17 de junio de 2012

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Ata Kandó


Supimos, finalmente, que las herma­nas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de ni­ñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas.
Jeffrey Eugenides, Las vírgenes suicidas.


 Hoy tengo un poco de muerte
dentro,
y así demuestro más que nunca
que me hago en base a un animal.
Tengo un crimen. Tengo el rojo.
Y sólo falta la tiza.
Pero la tiza da fiebre y no me cabe
más enfermedad.

Los de nuestra generación inventaron la poesía donde antes sólo había piel, sudor y sexo. (Acabaré escribiendo en blanco, y en la letra más pequeña del mundo.)




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