jueves, 7 de noviembre de 2013

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(Recuperando textos del verano, me ha venido la nostalgia, y ay)


Hoy han hablado de velatorios de muertos. Primero "los parvulicos", aquellos niños de los pueblos, que de seguro iban al cielo, no dejando a los vivos otro duelo que beber porque los pequeños ya habían alcanzado el premio tras la (quizás) larga existencia que a ellos les quedaba.
Luis habló del olor de los cuerpos en verano, en esas veinticuatro horas de esperanza nula o terror. Y yo pensaba que de mi no quede nada. Luís habló de una lista de deudas o favores: los vecinos colaboraban en las misas ajenas y se apuntaban, para que cuando ellos murieran, no quedaran solos. Y es que en las iglesias hace un frío de cojones, que eso no lo calienta ni la promesa de redención.
Nada, Nada.
¿Cuándo empezó a verse feo dejar a los suicidas fuera de campo santo y a los ángeles sin bautizo?
Ni una pizca.
Papá habló de cuando le tocó al abuelo (que debía ser mi "abuelito", aunque él no pudiera recordarlo) y mamá apunta "fue tan largo, más que una muerte anunciada". (Mira, Gabriel) En el tanatorio Beniro recordó anécdotas y los hermanos rieron, y la madre (mi abuelita) decía "ay, mis chicos, ay" y ocultaba una risa que no podía entender.
Que no me coman los gusanos.
Hay un bar frente al tanatorio que se llama El alivio.
Que no me envenene el aire enrarecido.
Y cómo tenían que acabar algunos en los velatorios viejos, después de sufrir la noche.
Que me hagan arder, que no quede nada. Por favor, no dejen que me llueva encima cuando ya no pueda disfrutarlo.

martes, 21 de mayo de 2013

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Os presento un texto diminuto para la antología que a coleccionado Henar Bengale, que se puede - y debe- ver pinchando aquí


 
Le revoloteaba la libertad bajo el ombligo al sentir el río de sus manos. Pero el sexo es sucio, dicen, sólo saben hablar de pecado. Echaba la llave celosa por el miedo al vacío no dejaba escapar el vicio –comas a decisión del lector-. Rechazaba al animal. Porque eres buena chica, porque qué niña tan dulce. Los ojos tan cegados de dulzura como para no saber si su cuerpo era monumento, arma, castigo o vergüenza –siendo la última la opción más frecuente-.

Pero él era todo torrente, el reguero del deseo anegando la garganta. Los barrotes se oxidan, se inunda la jaula, los pájaros gimen (además de cantar).









domingo, 12 de mayo de 2013

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No sé si es mejor el dolor limpio, de palabras estéril, de cicatriz plana. O pretender que no se cae este puente que nos une por el pecho.
De buen gusto me habría quitado la piel para darte abrigo, pero tú -a lo tuyo, como siempre- preferiste arrancármela a tiras.


Quise amarte como a un paisaje
(Cuando sólo eras una niña)
Con el alma grande
Y los brazos de par en par.









"Lloro por que me da la gana, y sobretodo para que no me consuelen." J. Cortázar.

martes, 30 de abril de 2013

70






Perseguimos el recuerdo de lo no vivido y así pasa, que de repente el tiempo nos adelanta… ¡freno busco!, y quemaduras del cinturón en el pecho. No se si vivimos rápido por la prisa, el apetito de la edad, la curiosidad asesina de virginidades y gatos, o por haber vuelto al “no hay futuro” del punk de nuestros padres. Filosofía de tetrabrick y poesía reducida a pensamientos inconexos en la aplicación de notas del móvil, con la suerte de que algún sábado, demasiado tarde, pase algo capaz de tocarnos. Y es que cuando el chino te regala tres chicles de menta con el lote de vodka es muy fácil creerse un poeta maldito.
Y aparece alguien diferente, que te hace pensar y ¡chas! Qué refrescante buscarte a ti mismo, sentirte tambalear. Como el día que conocimos a Nora, flaquita como era, con el jersey demasiado grande y dedos revoloteando entre las mangas. Nuestro pequeño Oliver Twist, sin flequillo de barrera al abismo de sus ojos, que descomponían las ideas como un prisma hace con la luz, dejando las intenciones al desnudo. Su fragilidad siempre flanqueada por Adrián y Esther. ¿Él? El único con acceso a los lunares de su cuello, y poseedor de una cazadora de cuero con los bolsillos repletos de recuerdos. Ella, reencarnación femenina -y feminista- de Baudelaire, con sus labios de nicotina, su petaca decimonónica (a menudo llena de zumo de melocotón) y su adoración a la belleza de las mujeres.
Aparecieron en nuestra vida un domingo, y ellos, que nunca habían tenido madera de líderes nos pusieron principios y hormonas patas arriba. Pasamos a ver películas francesas, tumbarnos en el suelo, imaginar historias en el gotelé de las paredes. Llamarnos “soñadores”.






 Ganadora del VI Premio de Relato Breve Manuel López Sánchez, dedicado a la pelirroja y a Bertolucci.